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jueves, 25 de julio de 2013

Mi obra maestra

De vez en cuando un poema me salva...



Nací escultor pagano,

y por el camino dos joyas me encontré.
¿Qué hago con ellas?
Las pongo en el pilar de Jaspe, 
y dejo que ellas me manden,
me inspiren la forma que quieren.

Hice una estatua divina, con senos caídos,
de cuyas areolas morenas salía la ambrosía mas pura,
comparable sólo a la que marcó el brindis de la cración,
cuando del Caos surgió el Cosmos.

La hice con estrías, pero ¿Qué importa?
Las diosas humanas también las tienen.
Esas de las que dijo Girondo que podían volar.
De esas a las que se les perdona todo.

La hice con manchas de la Luna,
una por cada gesto de pureza, de inocencia a fuego,
de fuerza nutricia, de vida que surge.
Entre los senos le puse un péndulo
que vuele del parnaso al suplicio
y no se quede quieto nunca.

Y le hice un lado oscuro, un gesto egoísta de mi parte.
Un lado que solo yo vea, donde depositar lo no vivido.
las lágrimas, las soledades, los egoísmos y los secretos.
Un lado que me de razón de mirarla mil veces,
de destrozarla y volverla a armar.
De darle la guerra que desea, de espantarle la paz que la marchita,
y de recordarme siempre de lo hermosamente imperfecta que me quedo.
Es mi obra maestra.

Poema de mi cómplice hermoso @selenioe


viernes, 15 de febrero de 2013

Piedras Preciosas - Nicolás Guillén - Cuba.



Zafir

No me pidas el amor fuerte, encendido, el de los sacrificios dolorosos. No lo siento. Me pareces tan dulce, tan suave, tan lánguida, que tengo miedo de que un gesto trágico pueda asustarte y de que un beso demasiado ardoroso queme tus labios diminutos o manche la concha fina de tu frente.  


No eres tú la que enciende en mi vida la hoguera epiléptica, turbadoramente roja, de las pasiones frenéticas, sino la que cuida en la gruta apacible y sombría de mi alma, de que no se apague por completo la sencilla y humilde lamparita del ensueño, cuya suave luz azul brilla dentro de mí mismo como una pequeña luciérnaga entre el tupido cortinaje primaveral de una selva sin ruidos y sin luna... 


Te amo como se ama a un búcaro, a un florón, a una medalla. Mi amor está lleno de estetismo. Yo mismo fuera el que contribuiría, con mi propio esfuerzo, a aumentar discretamente tus gracias naturales en el gentil laboratorio de tu belleza. Lo haría con la fruición pueril del orfebre paciente que pule un dije o del poeta parnasiano que retoca y lima su mejor estrofa. Te quiero, te deseo, no como un amante, sino como un artista, y si guardo tu figura grácil y bella en el fondo lírico de mi corazón, es porque creo que el corazón mío bien pudiera ser una vitrina frágil, ante cuyo cristal prestigioso acaso se detuviera para admirarte la selecta curiosidad del transeúnte vagabundo... 






Granate

Eres como una obsesión en mi pensamiento. Tienes la virtualidad terrible de sujetar el vuelo de mi voluntad, circunscribiéndolo al estrecho horizonte de tu amor espurio, encendido, voluptuoso. 


Cuando te siento palpitar junto a mí, en las horas tumultuosas y exaltadas del deseo, experimento la misma turbadora sensación del que camina junto a la boca sonora de un abismo en el que necesariamente tendrá que perecer. Y llamo a mi voluntad extinta y me responde sólo el eco claro y sensual de tu voz, que me persigue y acosa con refinada tenacidad y que se me clava, al fin -todo vibrante, como un dardo sutil recién disparado- en el desasosiego de la carne atormentada. 


Tengo miedo de ti. Pero en vano acudo a mi cerebro en busca de un pretexto para abandonarte. Me matas y yo mismo asisto a mi anulamiento definitivo, sin que un gesto rebelde, reaccionario, sacuda mi cordaje de nervios. Con la infantil docilidad de un salvaje, rindo en ti culto a un amor cuyo rito bárbaro necesita una víctima que ofrendar a la crueldad impasible de sus dioses, y soy yo mismo quien se ofrece para ser retorcido y asfixiado lentamente por las sierpes robustas de tus pasiones primitivas. 


Y así vivo, es decir, así muero... 





Topacio 

Tu amor tuvo la suavidad de un pétalo de rosa. 

Tus ojos claros, hondos, graves, poseían esa serenidad casi extática de ciertos lagos cuando por sobre ellos la brisa apenas hace rodar sus alígeros patines de plata.  


Parecías un lirio, o mejor una estrella sobre un tallo. Que no estaba seguro yo de si eras astro o flor, porque perfumabas y refulgías.  

Hablabas, y tu voz tenía el don feliz de una caricia. Tus palabras eran en mi alma como un descendimiento de topacios sobre la avaricia transparente de una copa. Y cuando tus manos finas y largas - dignas de los besos cortesanos en los salones fastuosos -  volaban sobre el marfil arcaico de los pianos, y Bach suspiraba y Chopin gemía y sollozaba Schubert, velaba yo a tu lado, ebrio del ritmo y de tu amor, tan abstraído  que apenas si acertaba a doblar, sobre el muelle sonoro, las hojas temblorosas del libro musical. 

Un día cortó tu barca llena de perfumes las amarras sedosas que la sujetaban a mi puerto y se perdió calladamente en la infinita serenidad del horizonte. No grité, aunque dentro de mi corazón se desplomó un castillo. Pero ahora vigilo, desde el ficticio encierro de mi torre, y espero con trágica tenacidad a que la raya azul de mi solitaria perspectiva se manche triangularmente de blanco con la nítida vela de la nave en que tu amor retorne hacia mi vida...







Nicolás Guillén.
Cuba.

Biografía 


jueves, 22 de noviembre de 2012

¿De dónde viene Mariana? - Historias de mi vida.




Según la partida de nacimiento cumplo años el 16 de Octubre, nunca podré saber exactamente cuál fue el día en que nací. No celebro mi cumpleaños pues casi siempre, ese día, estoy llena de nostalgias. Este año veía a mis amistades haciendo planes para celebrarlo y no sabía cómo explicarles los motivos para no celebrar con ellos mi propia vida. Me costó mucho hablar de lo que voy a contar en esta historia, pero decidí escribirla y pasarla rápidamente a esas personas que me quieren para que pudieran comprender que no iba a estar bien y que ese día prefiero reflexionar de la vida sola y en silencio. Además me cuesta mucho reír por la perdida de años, porque lo digo, y lo repito, a pesar de lo que leerán, la vida sigue siendo para mí bella y en colores, los tonos grises me llegan algunos días, estas son las excepciones.  


Cuando compartí esta historia con mis amigos lo hice en primera persona, pero algunos sugirieron cambiarla a tercera persona, de hecho una querida amiga de argentina @maritahard, con quien tengo un vinculo casi de hermandad, le dio los primeros toques a la historia para convertirla. 

No obstante, cuando intentaba cambiarme el nombre y el de todas las personas en la historia me costó mucho, pues notaran en ella que tengo muchas esperanzas de descubrir la verdad, y entonces pensé en que quizás algún familiar de los involucrados pudiera leer. 

 Perdonen la inocencia, sé que a veces estoy alimentando el optimismo de quimeras.


***

Ella entró a la habitación donde su hija se encontraba llorando después de leer una y mil veces, tratando de comprender qué decían esos papeles legales que escondía su madre con tanto recelo en una caja fuerte incrustada en la pared, tras un tomador de corriente. Qué explicación podía darle su madre a esa acusación.

En su mentalidad de trece años no comprendía muy bien los términos legales: "16 de octubre de 1985 (un año después de su nacimiento), se condena a América Hernández (su madre) por el delito de aborto provocado agravado".

¿Qué quería decir eso? ¿Era mentira que su mamá estaba trabajando, que estaba atendiendo mil enfermos en el mundo mientras su ausencia enfermaba sus sentimientos? ¿Era mentira tanto amor a la humanidad mientras que ella buscaba el calor de un hogar en los brazos de las madres de sus compañeras? ¿Dónde estaba ella los primeros años de su vida? ¿En la cárcel? 

Interrogantes malignos circulaban en su cabeza inocente,  llena de fantasías de Julio Verne y de micro novelas de la revista Novedades.

La voz de su madre fue severa:

- ¿Quién te dio permiso de abrir eso? - preguntó.

- ¿Eres una asesina?- preguntó la joven Mariana, ignorando su pregunta.

- Pregunté ¿quién te autorizó a entrar a mi cuarto, tumbar la pared y sacar la caja fuerte?

No supo cómo responderle que al descubrir la caja fuerte pensó que había dinero, con el que podrían solucionar sus problemas, que podría servir para pagar su educación privada nuevamente, y que podría dejar de trabajar en la banca de caballos los fines de semana, para poder asegurar un kilo de pasta, salsa de tomate y trescientos gramos de queso.
No quiso mostrarse tan soñadora, tan inmadura, tan llena de fantasías, sabiendo que la vida de princesa no le correspondía.

Se defendió gritando, haciéndose la víctima:

-   Es verdad, eres una maldita asesina, mataste a una mujer y no me lo dijiste, pasaste todos esos años presa y ahora te comportas como una demente que no puede responder ni por la única hija que tiene. No quiero ser la hija de una asesina- le dijo sin piedad.

Con la misma serenidad con que atendía a sus pacientes antes de ser privada de libertad y caer en el estado deplorable del abandono, dijo:

-       ¡Tú no sabes de lo que estás hablando!.

Al fondo de los gritos el llanto de la abuela a veces se dejaba escuchar.

- No peleen más. Mariana, hija, todo eso es un error. Un problema que tu mamá tuvo, pero se resolvió.

-       No lo creo- dijo  levantando más la voz.  Si me abandonó tantos años sin interesarle nada de mí y ahora se echa en un sofá a leer mientras nos morimos de hambre no me extrañaría que haya matado a alguien de otras maneras. Creo además que ella si es culpable y por eso no ejerció más nunca su carrera de médico.

- Cállate, te dije que te calles o te pego-  dijo la madre, volviendo a la guerra, mientras levantaba su bastón para golpear a la joven.

Mariana lo tomó en el aire cuando el golpe se acercaba y gritó enfurecida:

-¿ahora a quién le vas a pegar?

Ante la furia de la joven, la madre retrocedió  y con la misma serenidad de siempre dijo sin quitar su negra mirada del verde aceituna de los ojos de su hija:

-¡Eso me pasa a mí por haberte recogido!

Un silencio invadió el hogar que por momentos se había vuelto un motín estudiantil.
El descubrimiento de Mariana era una caja de Pandora. Se escuchó el llanto de su abuela saliendo del fondo de su pecho mientras la abrazaba con la lástima que merecen los abandonados. Sus ojos se nublaron de lágrimas mientras intentaba hacer a su madre la pregunta más dolorosa de su vida:

- ¿Qué fue lo que dijiste?

Y rápidamente recordó a sus amigos diciendo:
“¿Por qué tu madre es tan vieja? ¡Parece tu abuela!”, “¿Estás segura que no eres adoptada?, ¡No te pareces en nada a ella!” o “con 50 años no se pueden tener hijos”.

Recordó a su madre mostrándole la cicatriz de su vientre: “naciste por cesárea,  tuve que ir a muchos países y me operaron en varias oportunidades porque no podía tener hijos, hasta que en EEUU hicieron el milagro y lo logré”. 

Hizo una rápida asociación con la genética de su padre que también la abandonó (Hombre de piel oscura y cabellos indígenas).  Pensó: “claro, si regularmente los padres abandonan a sus hijos, debe ser más fácil abandonar una hija que no es tuya, una niña blanca nacida de un padre negro y de una mujer morena. Una niña que la sociedad siempre le va a estar recordando que no se parece en nada a él.”

Mientras toda clase de asociaciones entraban a la mente de Mariana, su madre (que ya no era su madre) respondía con la misma serenidad:

- Sí, eso me pasa por haberte recogido. Tu mamá te tiró en el aire y yo te atajé, dijo que no te quería, y yo que no podía tener hijos te traje a esta casa. ¡Cría cuervos y te sacaran los ojos!

Mariana tenía una esperanza, que le dijera que era una mentira, que la abrazara y pidiera disculpas, que le explicara que había pasado, pero no. Había frente a su cara una mujer dura y había ahora otra mujer en su historia, que la había parido y no la quería, la había abandonado. ¿Cómo procesar el dolor de la decepción y del amor herido?

No había silencio, dos personas lloraban en la sala del apartamento, la abuela y Mariana. Su madre volvió a lo suyo, un libro.

El llanto cesó después de mucha reflexión, pasaron meses para que Mariana decidiera preguntarle a su madre (la única que había tenido) quién era realmente la que se había expandido con ella adentro, quién había soltado alaridos de dolor para traerla a la crueldad de un hogar desbastado por la senilidad y las enfermedades.

 -  ¿Cuéntame, madre, quién es ella? Inició Mariana una conversación para conocer su realidad.

- Ya te lo dije, ella no quería tener hijos, te iba a tirar al piso, yo te tomé, te salvé.

- Está bien, mamá, pero ¿qué sabías de ella? ¿Dónde fue?- preguntó curiosa.

- No lo sé. No supe más de ella.

Y esa fue la única respuesta durante años….
Habló con su padre sobre eso: No sabía.
Habló con su abuela sobre eso: No sabía.
Habló con su padrino sobre eso: No sabía. 
Habló con la que fue su niñera sobre eso:

- Yo no sé quién es tu madre y si ella se entera que te dije algo me matará, sólo te puedo contar como llegaste a casa y las pocas cosas que escuché. Llegaste en Septiembre más o menos del año  84, eso sí lo recuerdo bien porque al año siguiente nació mi hijo. Tu mamá tocó el intercomunicador desesperada, pidió que bajara volando y al llegar al estacionamiento estabas tú abrigada, en una bañera, habían bolsos, y traían también la incubadora. Cuando subimos a la casa tu papá horrorizado le dijo que la iba a denunciar y ella le dijo que si se hundía ella se hundía él, tu abuela se sentía muy mal, tenía mucho miedo, pero tú pesabas poco más de un kilo y todas nos dedicamos a cuidarte, dormías en la incubadora al lado de su cama.
Les pidió que se callaran y ella luego hablaría con ellos. No sé qué le dijo a tu papá, pero al cabo de unas horas ya tu abuela no necesitaba explicaciones, te amaba como a nadie amó. No duró mucho la alegría de tu mamá, se la llevaron por el delito que leíste, tu papá perdió el cargo de diputado y se fue a sumergirse en el alcohol a oriente. No quiso saber más de la mujer que lo había desgraciado.
Una vez escuché que tu mamá mencionaba que tu verdadera madre vivía en los chaguaramos. Yo recuerdo todo de ti, como que si fueras mi propia hija, pero no sé nada de esa mujer que te dio a luz.

Mariana habló también con la vecina de más confianza de su mamá:

-Tu mamá me dijo que la que te parió era una mujer extranjera, que había llegado aquí a hacer un doctorado y se había enamorado, pero el hombre la había dejado y ella quería abortar para regresar a su país. Tu mamá le dijo que atendería su embarazo y todos los costos para poder quedarse contigo, siempre quiso tener hijos, no podía, se operó muchas veces para eso.

 Habló también con una prima de su mamá:

-Yo creo que la mujer que muere en los documentos es tu mamá, hija, porque a esa mujer se le murió su hijo y murió desangrada, y tu mamá llegó contigo aquí prematura e ilegal.

Habló con una santera:

- Tu mamá es una mujer morena, tu padre es un hombre blanco, todos viven y tienes cuatro hermanos, ella no sabe dónde estás y sueña con verte.

Mariana alcanzó la mayoría de edad con la incertidumbre y empezó a trabajar en una compañía de telefonía, a pesar de que su madre había desaparecido todos los papeles del juicio recordaba muy bien el nombre de la persona que había muerto: María Emilia Thomas López.

La buscó en los directorios y consiguió un número local, era en los chaguaramos. Fue un relámpago de alegría, su niñera le había dicho que de ahí era su madre, pero el relámpago asesinó pronto a la esperanza, cuando contestaron la llamada en el número que supuestamente pertenecía a esa mujer que posiblemente fuera su madre y nadie conocía a esa tal María Emilia Thomas López a quien Mariana soñaba cantando nanas, no había ni una pista de  la familia que quizá podría tener esa mujer y que quizá se alegrarían al saber que ella había sobrevivido, que no estaba muerta como decían los papeles de la clínica. Actualmente la casa era una licorería.

América (su madre) seguía empeorando de salud, toda la vida fue fumadora y su cáncer devoraba todo, hasta su sangre, su demencia senil no ayudaba, eso era otro cáncer que devoraba su cerebro, todo su recuerdo vivía ausente, de nada servía preguntarle ni recordarle que estaba a punto de dejar más sola a su hija, sin ella, sin nadie. Ella nunca respondía las preguntas de Mariana.

Le rogó entre lágrimas:

-Mamá, por favor, no hay mejoría en ti, pronto voy a quedarme sola, dime algo, ¿quién era ella?

Por primera vez respondió:

- Es tu niñera, Gracielita. Habló refiriéndose a la otra niñera que tuvo su hija. 

Gracielita era morena, no como azúcar negra ni como el papelón, morena como el ébano, de rasgos acentuados orientales y que medía la mitad de la estatura de Mariana. 
Sabía que no podía ser, pero para descartar la llamó por teléfono, ella le respondió con la naturalidad de siempre:

-Ya quisiera yo tener una hija como tú- fue su respuesta.

Y como desconfiar de una mujer con 3 hijos, noble, sincera y que se dedicaba a cuidar más niños en su hogar. No eran los hijos un problema para ella.

Mariana recordó otro nombre que se repetía en los documentos de la caja de pandora: Teresa Gómez (la enfermera que trabajaba para su madre), había sido detenida por complicidad en el delito por el que apresaron a su mamá, la buscó, consiguió su dirección y fue a su casa.

- Buenos días, soy la hija de América. Quisiera hablar con usted- le dijo cuando abrió la puerta.

Mientras la recorría extrañada con la mirada preguntó:

- ¿De América?, ¡no puede ser! ¿¡América!?

-Sí, y bueno, sé la verdad, también sé que estaba con ella el día que cometió el delito y que la acusaron por complicidad, pero me gustaría comentarle que mi mamá está muy mal, muy enferma y yo siento miedo de quedarme sola, quisiera que usted me diga quién es la mujer, si vive o es la que murió, sé que usted era la mano derecha de mi mamá, por favor, es necesario para mí, quiero saber de dónde vengo.

-Estás segura que tu mamá está muy enferma? Qué tiene?- respondió

-Sí, demencia senil y metástasis, está en cama, no camina ni siquiera.

Con cara de incredulidad le dijo:

-No hija, yo no puedo ayudarte, pero podría decirte de alguien que estaba ese día, es el doctor Nerio Soto, es amigo de tu mamá, quizás el pueda ayudarte. No puedo hacer más nada- dijo. 

-Gracias, lo llamaré y cualquier cosa volveré- respondí.

-No podré ayudarte más- terminó.

Una vez más la tarea de revisar los sistemas buscando información y nuevamente una esperanza al conseguir un número.

-Buenas noches, se encuentra el Dr. Nerio?

- No, el vendió hace 14 años este apartamento- le dijo una mujer del otro lado de la línea.

-¿No sabe cómo puedo conseguirlo? insistió.

-No.

-Gracias.

Nuevamente las posibilidades de saber quién la había traído al mundo, por qué la habían abandonado, alguien a quien decirle: "esto fue lo que pariste y tiraste", alguien para el abrazo, para llamar "mamá", todo se había perdido. No había donde buscar.

Siguieron pasando meses y ya su madre sólo podía hablar por su mirada, no podía decir una palabra, la metástasis había hecho mella en todo su ser, ya no podía hablar de nada, sólo ver, escuchar y no estaba segura totalmente de que lo hacía.

Mariana solía llegar del trabajo, cargarla, bañarla y volver a colocarla en el mismo lugar desde donde sólo la miraba sin decir una palabra.

América no creía en Dios y Mariana cada día creía menos, no entendía como tantos ruegos no lograban salvar a su madre, rescatarla de ese estado de muerte, en el que no había más nada que hacer salvo mirar:

-Mamá, estamos sufriendo tanto, no aguanto el trabajo, los niños, las peleas, llegar y verte ahí, sin saber si te duelen las escaras, sin saber cuánto tiempo tienes con el pañal así, cargarte, limpiar todo, darte agua con un algodón, me duele, no soporto verte así, tan delgada, no soporto verte ahí esperando quizás un milagro o la muerte. Mamá, por favor, pídele a Dios que te lleve ya.

Lloró un rato y ella la veía con sus noches de ojos siempre tan serenos, nada decían, quizás  ya no estaba ahí.

Mariana despertó a las cinco, aún no salía el sol, pero ella sintió una profunda necesidad de correr a la habitación de su madre, abrió su puerta, y ya sus huesos no subían ni bajaban como siempre, no le hizo falta acercarse para saber que se había ido donde no le dolieran las escaras, la mente, donde no le doliera Mariana preguntándole siempre por otra mujer.
Se fue a hacer peso en la conciencia de Mariana, que nunca desistió en querer saber lo que América no quería recordar. Se fue donde Mariana pudiera perdonar su silencio y donde también pudiera reflexionar sobre la dicha que ella sí tuvo de tener hijos, sobre esa suerte que su madre quiso tener, se fue a donde Mariana entendió que cualquier cosa hecha tiene sentido, porque gracias a lo que sea que América hizo ella está viva. Aunque le pesen dobles las ausencias.

Decir que extrañar es costumbre en el alma de Mariana está demás, extraña a la única madre que estuvo sin estar, extraña a la que no estuvo y siempre está en sus ilusiones.

 Quizás las dos están desde donde pueden cuidarla mejor. Pero le queda una pizca de esperanza de que una de ellas esté viva o por lo menos alguien con quien pueda  pasar un cumpleaños, evento que nunca celebra pues fue ese día, hace más de 14 años, cuando abrió la caja de Pandora:

"16 de octubre de 1985 (un año después de su nacimiento), se condena a América Hernández (su madre) por el delito de aborto provocado agravado". Es posible que el agravado sea Mariana, es posible que la persona muerta sea la madre de Mariana, es posible que América hubiese pagado cárcel por su necesidad de tener un hijo, por sus ganas de tener a Mariana.

¿Y Mariana?  Sigue sin saber de dónde viene, en un sistema judicial lleno de insensibles que podrían mandarla a una editorial entre risas, o estafarla sin piedad. Una ausencia crece, una mujer podría estar por ahí creyendo que perdió un hijo, una mujer podría estar enterrada y su hija queriendo saber a dónde puede llevarle flores.  

Mariana. 15-10-2012. 



jueves, 15 de noviembre de 2012

Para decir adiós.


"Y hubo tanto ruido, que al final llegó el final." (Sabina)


"Su enfermiza demora de lo que pudo haber sido, 
su nostalgia de otro pasado, y por ende, de otro presente."


Querido:

  Me he decidido. ¿Hubiera sido mejor discutirlo frente a frente, con la mayor serenidad posible? Tal vez, pero no importa. Podría decirte, claro, que las mujeres somos todas cobardes, pero la única verdad es que no hubiera podido enfrentar tu aturdimiento. En definitiva, ésta es la revelación: No puedo más, me voy con Lucas. No pienses lo peor, te lo ruego; no soy eso. Paulatinamente llegarás a aborrecerme, pero de cualquier manera quiero explicarte todo, aunque para ti no haya explicación.
  Hemos incurrido en varias faltas, pero vislumbro que nuestra gran equivocación, la más irremediable, ha sido el no hablar nunca de ellas. La única franqueza posible, la que poseen la mayoría de las parejas que diariamente se insultan, se maldicen y disfrutan por igual sus etapas de odio y de apaciguamiento  ésa la hemos perdido. Ellos están poniendo constantemente al día el retrato del otro, saben recíprocamente a qué atenerse, pero nosotros estamos atrasados, tú respecto de mí, yo respecto de ti. Los últimos datos que poseemos, si es que poseemos alguno, del tiempo de la franqueza, son tan antiguos que es como si vinieran de seres ajenos, desconocidos  Acaso ya no sea factible actualizarnos y estemos destinados a conservar del otro un falso recuerdo  a odiar y añorar lo que no hemos sido o, quizás, sólo lo peor de cuanto hemos sido. Estoy segura de que me desconoces, segura de que te desconozco. Quién sabe cuánto de bueno y amable hubo en ti y en mí, una felicidad asequible, potencial, en la que nunca hemos reparado. Pero ya es tarde. Me he decidido.
  Ahora es horrible que te lo diga (yo también me doy cuenta), pero alguna vez te he querido de veras. Esto debe sonarte como una campana rota; sin embargo, es decorosamente cierto. A menudo pen­saste, sin alterarte, con tu calma de siempre, que yo quería a Lucas, pero que no podía con mi vergüen­za, que me había equivocado eligiéndote y ahora pagaba mi error. Pero eras tú el equivocado. Cuan­do te elegí, y antes de elegirte, me gustabas. Siem­pre me gustaste, me gustas aún. 
Entiendo perfectamente cuál fue el malenten­dido. Como yo discutía con Lucas, como me en­tusiasmaba contradiciéndole, como nos estimulá­bamos recíprocamente a arrojarnos las mejores agudezas, y como, por otra parte, contigo no había conflicto, interpretabas eso como un profundo inte­rés de mi parte por las cosas de Lucas y una clara indiferencia hacia ti y tus opiniones. No se te ocu­rría pensar que la otra interpretación posible —y, en definitiva, la verdadera— permitía conjeturar que tú y yo éramos demasiado semejantes para estar en constante pugna, que me gustaba discutir con Lucas pero que apreciaba mucho más la senci­lla paz de nuestras conversaciones. Para mí, nues­tro amor estuvo siempre sobreentendido (el primer gran error, el primer silencio fallido acerca de algo que debimos decir, sin temor a nuestro ridículo pri­vado; después me he convencido de que el amor tiene siempre, inevitablemente, algo de ridículo) y no había por qué gastar en palabras esa dicha todavía insegura, que parecía siempre próxima a desmoronarse.
  A mí me bastaba darme vuelta y cerrar los ojos, y entonces entraba en casa con la convicción de tu rostro, de tu figura espigada y conmovedora, del brazo en alto agitando los libros.
Y no había nada para comentar, pues al día si­guiente llegaba tarde a la clase y estabas sentado allá adelante y miraba tu nuca rubia e indefensa y eso bastaba para recuperar mi tranquilo enamoramiento y esperar de nuevo tu compañía hasta casa y cerrar los ojos y otra vez tenerte.
  Nunca pude entender por qué insistías en acercar­me a Lucas. Era un intruso, pensaba, y quería re­chazarlo, quería negarlo antes de que el ilimitado prestigio suyo que me transmitías, penetrase forzo­samente en nuestra disgregada seguridad. Era, por razones obvias, el representante de lo ajeno, de to­das las potencias en acecho que iban a desvirtuar para siempre nuestra felicidad modesta, inconfundi­ble, y ya lo execraba antes de conocerlo, lo odiaba sobre todo porque no podía evitar conocerlo. Lo aborrecí fielmente, escrupulosamente, aun después que hube enfrentado su aire desafiante y melancóli­co, su agresivo modo de sonreír y de callarse, su balanceo mientras escuchaba, sus manos en los bol­sillos, su cautela y sus presentimientos.
  Acaso te deba un poco de admiración, porque corriste el riesgo. Sin embargo, ese mismo riesgo te intimidó, te obligó a jugarte mezquinamente, a creerte destinado a perder. Yo discutía con Lucas, hablábamos a los gritos, y sentía, presentía que estabas efectuando comprobaciones imaginarias, que habías descubierto no sé qué afinidades, no sé qué conexiones profundas y secretas que nos relacionaban a perpetuidad. Mi empecinamiento consistió en no ceder, en conseguir implacable­mente un clima de violencia y, lo más desgra­ciado, en no aclararte nada, en esperar que vie­ras. Pero no sentías celos ni rabia, ni siquiera im­paciencia; estabas tan seguro, tan enternecedo­ramente seguro y derrotado.
   A veces me he preguntado de quién o de dónde te vendrá ese modo oblicuo de vivir la vida, que te hace a la vez tan atrayente como despreciable. Ni favoreces la corriente ni te opones a ella. Siempre eliges el sesgo más incómodo, el de testigo impli­cado.
  Querido, nuestro matrimonio no ha sido un fraca­so, sino algo mucho más horrible: un éxito malgas­tado. Toda la felicidad de que disponíamos, que era más sutil de lo que se estila; todo nuestro amor, que era más honesto que nuestro miedo, no han podido con tanto rencor acumulado, con tantas transaccio­nes entre el orgullo y la apatía, con tan inflexible, silenciosa vergüenza.
  Sé que fui tremendamente torpe al complicarme en tu decisión, pero tú me humillaste mucho más al aceptarme sin convencimiento, consciente de que no íbamos a estar solos, porque el Otro que habías creado, el Lucas de tu cosecha, se había instalado provisoriamente en ti. Sólo el tiempo necesario para atraer mi incrédula atención. Sólo once años.
  Me he decidido a no poder más, a irme con Lucas. Once años sin pena ni gloria, esperando no sé qué. De ti no venía nada. Llegabas, llegas aún a la tarde y te sientas junto a la radio y pides el mate y hablas del empleo y preguntas por las notas esco­lares de los chicos y dices que anoche le escribiste a él y me pides que agregue unas líneas y envíe, como siempre, «cariñosos recuerdos al buen amigo Lucas». Pero la imagen de mí misma que veo en ti es de veras irreconocible, está llena de extrañeza y de una inevitable, fatigada burla.
  Es tan absurdo que seamos los mismos y sin em­bargo hayamos perdido el valor, la capacidad de sentir asco o simpatía por el destino, por la suerte del otro. Porque no somos los mismos sino copias. Sólo copias veladas.
 Once años, tú entendiéndolo todo, esperando mi prevista nostalgia que no llega, tu bendita oportuni­dad de mostrarte generoso y antiguo sabedor, horri­blemente bien informado de mis deseos. De veras, no interesa que te diga ahora: «No puedo más, me voy con Lucas», porque vienes arrastrando once años de espera, porque ésa fue la oración con que desde el principio me encomendaste a ti. Después de todo, qué idiotez haber temido tu asombro; si ya lo sabes todo, si siempre lo supiste, y qué repugnan­te has sido por saberlo.
  Nunca me dijiste: »No puedo más. Me voy con Teresa». Siempre puedes, y sin embargo no te irías ahora ni nunca. La conozco, la he visto, he hablado con ella. ¿Te sorprende? Es una buena mujer, que hace lo que puede y te da lo que tiene: un cuerpo admirable que, en definitiva, a ti no te interesa. Nos hemos prometido no decirte nunca que nos cono­cíamos, pero ya no tiene objeto esa promesa. No la desprecies, no la ofendas. Más bien protégela, te hará bien. Necesitas proteger a alguien, y yo estoy fuera de tu protección. (A pesar de las apariencias, este modo de escribirte no es cinismo. El cinismo sólo es un residuo del odio, y aún no te odio.)
  Tres veces me he visto con Lucas. Todo se hizo como tú, sin decirlo, querías. Pero cómo has es­perado este encuentro. Cuánto hubieras dado por oficiar una vez más de testigo implicado, por es­cudriñar en el fondo de nuestras miradas y descu­brir, por fin, la connivencia que profetizabas. For­mulado el anuncio, preparaste el terreno, igual que aquellos fabricantes de evangelios que acomodaban la historia a las profecías.
  Has pasado once años imaginando el instante de devolverme a Lucas, disfrutando por anticipado de tu sacrificio. Y eras tan inteligente que nunca lo mencionabas, como si nuestra vida imperturbable, nuestro inefable, aborrecido idilio, se alimentara exclusivamente de esa horrible complicidad.
  Es necesario que te dé la razón, esa execrable razón que pacientemente has fabricado. Pero no puedo perdonarte. No puedo perdonarte que me hayas hecho preferir a Lucas, cuando era tanto mejor quererte a ti. No puedo perdonarte la sen­sación de cansancio e impureza que inexorable­mente acompañó mi enamoramiento de Lucas, ni siquiera el simple hecho de descubrir que no puedo amarlo a él sin menospreciarte definitivamente. No puedo perdonarte haber llegado a ser tanto peor de lo que quise.
  Me he decidido a pesar de los niños. Ahora que vamos a encararlo todo con abominable sinceridad, no sólo debo averiguar qué lugar ocuparán ellos en nuestro futuro, sino también qué importancia han tenido hasta aquí. Los hijos unen, dicen (entre los felices), los mejor dotados de ingenuidad. Los hijos atan, dicen, entre los desgraciados, los de más exal­tada estupidez. Tú y yo podemos atestiguar que no nos unieron: ni siquiera nos atan. Ellos también ofi­cian de testigos.
  Pero tú esperas los pormenores... Mira, la evo­lución ha sido perfecta. Desde el primer encuentro, en que hablamos largamente de ti, hasta la próxima cita, dentro de dos horas, en la que pienso leerle tu empalagosa carta. Será el mejor modo de despren­derme de ti. Sólo puedo desprenderme de ti si te desprecio. Y necesito despreciarte. Necesito recibir su mirada de burla y comprensión cuando le lea las palabras mimosas que me dedicas.
  No hemos hablado aún del futuro inmediato, pero puedes estar tranquilo, sé que me voy con él. Lo percibo en su modo tendencioso de repasar nuestra adolescencia, en su risa nerviosa e hiriente que esta­lla a menudo y siempre me hace mal, en la compa­siva repulsión con que te menciona, en sus ojos que vuelven a desearme.
Además sé que con él no voy a callar. Quiero desconfiar del sobreentendido, del pudor y de la vergüenza. Esta vez quiero decirlo todo, lo exquisito y lo repugnante, para que nada quede abandonado a la imaginación, para que nada pueda traicionarnos.
Después de todo, te agradezco esa porfiada disponibilidad de tus escrúpulos. No necesito echarlo a cara o cruz. Me has ahorrado la angustia de la dignidad, y eso ya es bastante.
  Claro, no puede ser éste el amor que alguna vez esperé, ese amor que ya ni sé cómo debía ser, que ya no puedo rescatar del recuerdo. De todos modos, no puede ser este rudimentario deseo de ser tocada por él, sin que nada me importen las opiniones que tuvo y que tiene. No puede ser este histérico anhelo de acostarme con él, sin que me inquieten en absoluto la posible sabiduría de nuestras charlas futuras, la salu­dable comunión de nuestros ideales y otras aburridas convenciones que solían inquietarme respecto de ti. No puede ser, pero no importa.
  Si mi madre me enseñaba, con soberbias palizas, a no hacerme ilusiones, yo he aprendido por mí misma a no hacerme esperanzas. Lucas está aquí, como una limitada, como una insólita, accesible fe­licidad, y yo, con las disculpables culpas que tú y yo conocemos, y que sólo me molestan como un mal menor, como un dolor de muelas o un lumbago, quiero asir la ocasión, quiero ofrecerme a él, porque él es el presente y yo creo en el presente. Después de todo, es la única religión disponible.
  Por ahora déjame suponer que los chicos no com­plicarán tu vida y que tú no complicarás la de quien ya no puede ser tu 
                                                                                                                                Alicia.



"Y no querer hacer mal es la interpretación menos riesgosa del amor. ¿Quién de nosotros juzga a quién?"


No se preocupen, para los resignados, para los que cargan la ignominia de la compasión, de la costumbre, para los que se resisten también hay: 

“Para mí significa una especie de morosa fruición el imaginar las probables prolongaciones de ciertas dudas del pasado y figurarme cómo habría sido este presente si en tal o cual instante yo me hubiera decidido por el otro rumbo. Pero ¿existe verdaderamente ese otro rumbo? En realidad, sólo existe la dirección que tomamos. Lo que pude haber sido, ya no vale.” 


Importantes textos del libro: "Quién de Nosotros", del Gran Mario Benedetti. 



miércoles, 7 de noviembre de 2012

A propósito de "los puentes de Madison".

“Y vuelves a atrapar mi tristeza para esconderla en tu bolsillo, para alejarla de mí. De nuevo has sembrado el jardín de mis pesadillas con nuevos sueños, con otras esperanzas. Y yo sigo llena de amor por todo aquello que te pertenece, llena de celos por todo lo que te roza y me quita un trocito de ti. Y tú sigues aquí, entregándome la vida en cada suspiro, suplicando por mis besos sin saber que ni siquiera tienes que pedirlos. Porque son tuyos, porque yo ya no soy mía, sino tuya.”



Por esos tipos de certezas que se sienten sólo una vez en la vida. 







No es que muera de amor, muero de ti. 
Muero de ti, amor, de amor de ti, 
de urgencia mía de mi piel de ti, 
de mi alma de ti y de mi boca 
y del insoportable que yo soy sin ti.

Muero de ti y de mí, muero de ambos, 
de nosotros, de ese, 
desgarrado, partido, 
me muero, te muero, lo morimos.

Morimos en mi cuarto en que estoy solo, 
en mi cama en que faltas, 
en la calle donde mi brazo va vacío, 
en el cine y los parques, los tranvías, 
los lugares donde mi hombro acostumbra tu cabeza 
y mi mano tu mano 
y todo yo te sé como yo mismo.

Morimos en el sitio que le he prestado al aire 
para que estés fuera de mí, 
y en el lugar en que el aire se acaba 
cuando te echo mi piel encima 
y nos conocemos en nosotros, separados del mundo, 
dichosa, penetrada, y cierto, interminable.

Morimos, lo sabemos, lo ignoran, nos morimos 
entre los dos, ahora, separados, 
del uno al otro, diariamente, 
cayéndonos en múltiples estatuas, 
en gestos que no vemos, 
en nuestras manos que nos necesitan.

Nos morimos, amor, muero en tu vientre 
que no muerdo ni beso, 
en tus muslos dulcísimos y vivos, 
en tu carne sin fin, muero de máscaras, 
de triángulos obscuros e incesantes. 
Muero de mi cuerpo y de tu cuerpo, 
de nuestra muerte, amor, muero, morimos. 
En el pozo de amor a todas horas, 
inconsolable, a gritos, 
dentro de mí, quiero decir, te llamo, 
te llaman los que nacen, los que vienen 
de atrás, de ti, los que a ti llegan. 
Nos morimos, amor, y nada hacemos 
sino morirnos más, hora tras hora, 
y escribirnos y hablarnos y morirnos.

Jaime Sabines. 


domingo, 4 de noviembre de 2012

¿Y dónde está Dios?


Habrán notado que he ocupado mi fin de semana en releer las crónicas de Clarice Lispector, he estado haciendo entradas con sus escritos, me apasiona totalmente la pluma de esta mujer, y en lo que viene toca el delicado tema de Dios. 
Bien sabemos que en esta vida tenemos algo seguro, no nos vamos a salvar de morir. No sé cuántos de los que predican que no temen a la muerte son realmente tan valientes, yo sí le temo. 
A veces siento que las religiones se aprovechan de ese temor, por eso vemos miles de organizaciones religiosas manipulando a las personas para que no sientan miedo, porque con su diezmo están asegurando la eternidad.  
Observando- nos  he notado que con el tiempo uno va cargando culpas, que las enfermedades progresan y que con la vejez la mayoría de seres humanos que negaron la existencia de Dios empiezan a tener una certeza absoluta de que la supremacía etérea es real, por si las dudas, es mejor llegar al más allá con un aliado, es muy desconcertante entrar sólo a un mundo del que no tenemos mapas, direcciones, conocidos, absolutamente nada. Es cómo nacer sin una madre ¿Lo imaginan? Sucede mucho. 
Me sorprenden también esas personas  que creen realmente tener el poder de hacerle daño a los demás y luego ir donde alguien que supuestamente es más poderoso a pedir perdón, como si nada, omitiendo que el daño fue hecho a seres humanos como nosotros que quizás nunca nos perdonaron. 
Personalmente desconfío mucho de los que rezan dándose golpes de pecho.  Mis tías son expertas en repartir dinero en las iglesias, en confesiones y en hostias, pero si un pobre, un lisiado, un mendigo, un enfermo se atraviesa a la salida de este templo ellas no tendrían problema alguno en patearles las limosnas, total con 4 aves marías que el padre les ordene rezar estarán absueltas de cualquier pecado y seguirán dentro de la sociedad presentándose como las madres de la devoción católica. ("No tengo en un altar a la familia, culpable de mis fobias y mis filias")
No, no creo que Dios exista, lo admitiré cuando tenga pruebas y jamás reconoceré bondad en él, porque por ahora las pruebas de su existencia, esas que están en Haití, En Palestina, en África, en el 50 % de la población de Guatemala que sufre desnutrición crónica (lease HAMBRE), en los cientos de casas de adopción en el mundo, en las casas hogares donde no caben más niños en mi país, en la trata y el maltrato, entre otros, no me terminan de convencer de su magnanimidad. No podré nunca entender porqué sufren las voces inocentes.    
"Dios, de existir, tiene una mirada un tanto extraña, por momentos miope, profundamente miope" (Pedro Guerra)


Me gusta leer a Brian Weiss y confieso que cuando lo leo abandono la incredulidad y me dan unas profundas ganas de renacer, pero luego le doy credibilidad a escritores como Mo Yan (ganador de nobel de literatura),   temo mucho reencarnar en un burro y andar de vida en vida transmigrando en animales como narra en su novela: "La vida y la muerte me están desgastando". 
Recuerdo que hace años le dije a mi madre convaleciente por el cáncer, cansada de verla sufrir, "Madre, pídele a Dios que te lleve ya", no sé si le pidió, pues ya no podía ni hablar y era atea, pero al día siguiente murió.
Nadie ha confirmado el Paraíso del más allá, el Paraíso es la vida misma aunque parezca un infierno, y lo siento, pido que si se sienten aludidos respeten mi libertad de pensamiento, así como yo respeto su libertad de credo,  pero estoy convencida de que al final del camino la mayoría cree en Dios, porque el infierno quema y hay que asegurar  la entrada al cielo, así, por si las moscas. 
Me costó mucho saberme adoptada, y que la que me adoptó muriera tan pronto es algo que todavía no logro sanar, créanme, cuando los predicadores tocan a mi puerta para salvarme del fin de los tiempos, con la historia de que Dios es mi padre, su padre y que ellos son mis hermanos, siento que me están invitando a ser parte de una gran congregación de huérfanos.
Quizás mañana me arrepienta de esto,  entonces podré cómo Clarice Lispector, llamar a Dios aunque no lo merezca:

"Incluso para los no creyentes existe la pregunta dudosa: ¿y después de la muerte? Incluso para los no creyentes existe el momento de desesperación: que Dios me ayude. En este mismo instante estoy pidiendo que Dios me ayude. Lo estoy necesitando. Necesitando más que la fuerza humana. Y estoy necesitando mi propia fuerza. Soy fuerte pero también destructiva. Autodestructiva. Y quien es autodestructivo también destruye a los otros. Estoy hiriendo a mucha gente. Y Dios tiene que venir a mí, ya que yo no he ido a Él. Ven, Dios, ven. Aunque no lo merezca, ven. O tal vez los que menos merecen lo necesiten más. Sólo una cosa a favor de mí puedo decir: nunca herí a propósito. Y también me duele cuando me doy cuenta de que herí. Pero tengo tantos defectos. Soy inquieta, celosa, áspera, desesperanzada. Aunque tenga amor dentro de mí. Sólo que no sé usar el amor: a veces parecen espinas. Si tanto amor recibí dentro de mí y sigo inquieta e infeliz, es porque necesito que Dios venga. Ven antes de que sea demasiado tarde" 


Nota: Los pellizcos de realidad que muestra esta película, me hacen preguntarme: ¿Y dónde está Dios?. 
¡Perdonen la tristeza! 






Mariana 4-11-12 


DIES IRAE- CLARICE LISPECTOR.


Yo soy de las que prefieren las novelas autobiográficas, los escritos que incluyan realidades, los que nos muestren que el escritor es tan humano como nosotros y sobre todo que no está obligado a escribir finales felices en las historias de amor.
Estoy adicta a la escritora Clarice Lispector. Mi querida amiga @lagatalisa acertó cuando me reconoció en uno de los poemas de esta gran mujer. Le estoy agradecida por habérmela enseñado.
No tenemos que engañar a los que nos leen con tonos rosas. ¿acaso no sufrimos quemaduras en el alma? ¿Por qué callarlas? ¿Por qué estar siempre aparentando que nunca tenemos un ataque de ira?
Clarice se quedó dormida con un cigarro, la consecuencia fue un incendio total de su apartamento y que llevara para siempre heridas, lesiones y depresiones. Para completar su desgracia sufrió cáncer de ovarios, la consecuencia fue la muerte.
Sin embargo, a pesar de los pesares y su corta vida,  nos otorgó maravillas literarias llenas de drama y existencialismo. Aprovechó su dolor para gritarnos verdades de ayer, de hoy, de mañana y hacernos reflexionar sobre ellas.
Yo amo sus gritos, me llegan, a veces tengo cólera, muchas veces tengo exceso de alegría, otras veces ando semiparalítica, algunas veces me paralizo totalmente y  en otras sólo soy una persona llena de tristezas.
"Estoy siendo antimelódica. Me complazco en la armonía difícil de los ásperos contrarios"
¡Me soy!



DIES IRAE

Amanecí con cólera. No, no, el mundo no me agrada. La mayoría de las personas están muertas y no lo saben, o están vivas con charlatanismo. Y el amor, en vez de darse, se exige. Y quienes nos quieren desean que seamos eso que ellos necesitan. Mentir da remordimiento. Y no mentir es un don que el mundo no merece. Y ni siquiera puedo hacer lo que una niña semiparalítica hizo como venganza: romper un jarrón. No soy semiparalítica. Aunque algo me diga que somos todos semiparalíticos. Y se muere, sin siquiera una explicación. Y tener empleadas, llamémoslas de una vez criadas, es una ofensa a la humanidad. Y tener la obligación de ser lo que califica como de buena presencia me irrita. ¿Por qué no puedo andar en harapos, como los hombres que a veces veo en la calle con barba hasta el pecho y una Biblia en la mano, esos dioses que hicieron de la locura un modo de entender? ¿Y por qué, sólo porque escribí, piensan que tengo que seguir escribiendo? Les avisé a mis hijos que amanecí con cólera, y que no me llamasen. Pero yo quiero telefonear. Querría hacer algo definitivo que reventase junto con el tendón tenso que sostiene mi corazón.
¿Y los que desisten? Conozco a una mujer que desistió. Y vive razonablemente bien: el sistema que se armó para vivir es mantenerse ocupada. Ninguna ocupación le agrada. Nada de lo que hice me agrada. Y lo que hice con amor se hizo trizas. Ni amar yo sabía, ni amar yo sabía. E inventaron el Día de los Analfabetos. Sólo leí el titular, me negué a leer el texto. Me niego a leer el texto del mundo, los titulares me hacen montar en cólera. Se conmemora mucho. Se guerrea todo el tiempo. Todo un mundo de semiparalíticos. Y se espera inútilmente el milagro. Y quien no espera el milagro está todavía peor, aún más jarrones necesitaría romper. Y las iglesias están llenas de quienes temen la cólera de Dios. Y de quienes piden la gracia, que sería lo contrario de la cólera.
No, no tengo pena de los que mueren de hambre. La ira es lo que me domina. Y me parece correcto robar para comer. —Acabo de ser interrumpida por el llamado telefónico de una muchacha llamada Teresa que se puso muy contenta de que me acordara de ella. Me acuerdo: era una desconocida, que un día apareció en el hospital, durante los casi tres meses que pasé tras salvarme del incendio. Ella se había sentado, se había quedado un poco callada, había hablado poco. Después se había retirado. Y ahora me telefoneó para ser franca: que no escriba en el diario ninguna crónica ni nada parecido. Que ella y muchos quieren que sea yo misma, incluso con remuneración para ello. Que muchos tienen acceso a mis libros y me quieren como soy en el diario. Dije que sí, en parte porque también me gustaría que así fuera, en parte para mostrarle a Teresa, que no me parece semiparalítica, que todavía se puede decir sí.
Sí, Dios mío. Que se pueda decir sí. Pero en ese mismo momento algo extraño sucedió. Estoy escribiendo de mañana y el tiempo de pronto se oscureció de tal modo que fue necesario encender las luces. Y hubo otro llamado telefónico: de una amiga preguntándome espantada si aquí también había oscurecido. Sí, aquí es noche oscura a las diez de la mañana. Es la ira de Dios. Y si esa oscuridad se transforma en lluvia, que vuelva el diluvio, pero sin el arca, nosotros que no supimos hacer un mundo donde vivir y no sabemos en nuestra parálisis cómo vivir. Porque si no vuelve el diluvio, volverán Sodoma y Gomorra, que era la solución. ¿Por qué dejar entrar en el arca un par de cada especie? Por lo menos el par humano no ha dado sino hijos, pero no otra vida, aquella que, al no existir, me hizo amanecer con cólera.
Teresa, cuando tú me visitaste en el hospital, me viste toda vendada e inmovilizada. Hoy me verías más inmovilizada todavía. Hoy soy la paralítica y la muda. Y si intento hablar, sale un rugido de tristeza. Entonces, ¿no es solamente cólera? No, es tristeza también.

Clarice Lispector.
Libro: CrónicasI. 


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